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Vértice › N.º 1 · Mayo de 1962

Pórtico universitario · Vértice, pág. 2

Postulados de traición

La bribonería política que, preñada de violencia y mala fe, no conduce a los hombres a una revolución profunda y madura, sino que por el contrario encauza sus fuerzas para producir abortos de revolución, parece que no debía tener cabida en el ámbito universitario. Sin embargo, por lo que hemos visto hasta hoy, tendremos que admitirla como presente. Más de una vez me ha llamado poderosamente la atención la aparente correlación de fuerzas que se desprenden del análisis de las elecciones realizadas dentro del marco universitario. Y digo aparente, por considerar contradictorios los resultados al contrastarlos con el sentir auténtico y casi unánime de la generación que hoy puebla nuestras universidades.

La juventud ama la libertad, y pienso que la mayoría de los universitarios aborrecen la dictadura —de quien sea—, y esto no lo reflejan los resultados electorales.

¿Qué pasa entonces? ¿Cómo explicar estos resultados? Si el estudiantado universitario en su casi total mayoría quiere ser libre ¿cómo es posible que en distintas oportunidades y en varias Universidades haya elegido como sus representantes a hombres comprometidos a partidos y doctrinas netamente dictatoriales?

A mi modo de ver, dos son las causas fundamentales de esta lamentable realidad: el “borreguismo” y el inhibicionismo.

Muchos afirman que nuestro “pueblo” no está preparado para entrar a tomar parte en el juego democrático. Sin ocuparnos en enjuiciar o analizar esta afirmación, pienso que la población universitaria sí tiene el deber de estar preparada para actuar en este quehacer político-social, que son las elecciones en el marco estudiantil. Pero, ¿estamos preparados nosotros los universitarios? Me parece que no sabemos exigir a nuestros líderes (a todos) que informen del programa político (y no digo universitario porque, al parecer, esto ya no importa a nadie), y que den buena cuenta de las diversas ideas sostenidas por cada uno de ellos, de los fines a que tienden, no sólo en el presente inmediato, sino también, y sobre todo, en el porvenir. Esto como primer punto, para luego, con mente clara y responsable, valorar con espíritu crítico positivo cuanto dicen y cuanto exponen, o dicen sólo a medias por motivos tácticos.

El que ejerce el derecho y el deber del voto tiene el deber de informarse para dar su apoyo al grupo cuyo programa cree que responde mejor a los intereses de la comunidad universitaria, y no sólo a los suyos propios o a los de su clase. Es necesario que nuestro voto exprese hoy nuestro parecer sobre la conducta de los grupos dirigentes; y que nuestro parecer, fruto de una serena reflexión, se traduzca en apoyo sincero a la mejor idea.

No tiene sentido, es más, resulta inexplicable el “borreguismi” [sic] en el marco universitario. El borreguismo es una enfermedad de quien se siente incapaz de dejar su propia huella. Es la postura inexplicable de jóvenes que se llaman intelectuales y no saben discernir por sí mismos. Que entregan su voto a quien les brinda la interesada “colita”. Que prácticamente dejan prepararse el sobre electoral como quien regala un papel para tomar apuntes. Y todo esto, y más, no refleja precisamente una clara conciencia de lo que representa el juego democrático.

Pero lo más grave no es ese “borreguismo” que se mueve con consignas vacías de auténtico contenido o por impulsos primarios y poco reflexivos. Lo más lamentable es el inhibicionismo: esa forma apática de comportarse de tantos y tantos universitarios, que hasta dudo que merezcan este nombre.

Renunciar al deber del voto, implica irresponsabilidad o cobardía. Dos defectos que denigran de la esencia misma del hombre, que descubren una incapacidad o falta de preparación, poco razonables en un universitario. La participación de todos exije una formación polííitico-social [sic] que debemos esforzarnos en conseguir. Son poco razonables las explicaciones qu edan [sic] algunos para excusarse del ejercicio de este derecho y deber; el no simpatizar con ninguno de los líderes, el no considerarse político, etc., no son excusas que convenzan a nadie que piense un poco.

En primer lugar con nuestro voto no apoyamos a fulanito, sino que fundamentalmente apoyamos las ideas que representa, y siempre habrá algunas que si bien no coinciden exactamente con las nuestras, esencialmente están más próximas y no repelen en sus principios básicos. Y lo de no políticos, tampoco sirve, pues el hombre como integrante de la sociedad tiene la obligación de intervenir en ella y más en cuanto se beneficia de sus instituciones, como en el caso del universitario.

Y a los que nos repugna la demagogia política, con más razón debemos intervenir, con responsabilidad, con criterio, por ser la forma mejor de que disponemos para condenar esa bribonería que apuntábamos al comienzo, y que tantas veces consigue nuestros puestos dirigentes por la indiferencia o cobardía, que se agazapa bajo anchos hombros, anchos de tanto encojerlos en actitud indiferente, poco recia y sensata.

José Serra B.

Transcripción fiel del original impreso. Puedes ver la página tal como salió en el PDF del número.