Vértice › N.º 1 · Mayo de 1962
Vértice, pág. 3
Elogio a la angustia
Viajando por la costa mediterránea a cien kilómetros por hora, leía un día un libro de Leclercq: “De la vida serena”. Me faltaban todavía unas horas para llegar al punto de destino de un viaje muchas veces repetido. La nublosidad del ambiente no atraía la mirada hacia el paisaje que casi me sabía de memoria. El ferrocarril corría tranquilo, manteniendo constante la velocidad, sin movimientos bruscos. Y el título del libro era realmente atrayente.
Me engolfé en la lectura, afanoso por encontrar el “quid” de la vida serena: un objetivo que hiere cada día con más fuerza nuestro deseo anhelante de paz y sosiego, por contraste a la creciente necesidad de precipitación y “carrera” a la que nos aboca el mundo moderno.
Es un libro reconfortante. Escrito, como todas las obras de Leclercq, con sutil y diáfana ligereza de formas y conceptos. Es un elogio a la pereza, al ocio. Se me antoja totalmente ausente de sentido práctico y de realidad, aunque logra el cometido que pretende en los pocos minutos que el lector se ensimisma en la lectura: minutos que son como un bálsamo de paz y serenidad. Cuando se termina sale como un reflejo el profundo suspiro: “si esto pudiera ser verdad”. Apenas pronunciadas las últimas palabras se siente el inexorable gravitar sobre la tierra que reclama nuestra presencia: un frenazo brusco del “expreso” o una curva peligrosa en la carretera que hace “chirriar” los cauchos, tensa de nuevo nuestros nervios aflojados por un momento, para seguir manteniéndolos en el laboratorio de ensayo en que los ha colocado la existencia en esta “época nuestra” de la historia de la humanidad.
No es mi intención hacer una crítica detractora de la tesis de Leclercq, sino una apología del objeto de su crítica. No nos sirve un elogio al ocio si no podemos tener ocio. Y el no tenerlo no debe implicar necesariamente falta de serenidad. Hemos de buscar la serenidad de la vida “ésta” que nos ha tocado vivir, y no podemos esperar para serenarnos a encontrar la posibilidad de una vida menos dinámica.
Un ratón necesita para pasearse un espacio que esté libre de gatos. Pero nunca puede tener la plena seguridad de que lo ha encontrado. En el pasear del ratón no dejará de haber nunca un signo de inquietud y de zozobra. Por eso los ratones pasean poco y casi siempre andan corriendo. Sin embargo, no se quedan en su guarida soñando en un mundo desposeído de gatos, sino que salen, dispuestos a correr delante de los que encuentren a su paso.
El “chance”
La vida moderna está cuajada de oportunidades casuales envueltas en el interrogante del azar. Es una vida “azarosa” que nos ofrece en cada instante una insondable problemática que debemos resolver.
Lo casual es un desconocimiento parcial de lo casual. Cuando los hombres, en nuestro modo precario de conocer, nos sorprendemos ante un hecho que ha sucedido por casualidad, no advertimos que esta denominación es puramente subjetiva, y nos maravilla la desconexión que existe entre el hecho ocurrido y las causas que nosotros hemos podido observar.
Si al doblar la esquina me encuentro con un amigo lo consideramos casual, y este hecho parecería trivial y fundamentado en todas sus causas al que hubiera podido observar a la vez todas nuestras acciones —las mías y las del amigo— hasta el momento del encuentro. El azar no es más que un defecto de información del conocimiento humano. Más, el mundo moderno, en su creciente actividad, mayor dinamismo y más población, exige a los hombres mayor información si queremos marginar del azar un conjunto de acontecimientos que se obstinan en meterse en él todos los días.
Cada vez es más difícil al hombre conocer todas las causas influyentes en los hechos. De ahí que estos, que antes tal vez estaban completamente bajo nuestro control y los cuales podíamos perfectamente preveer, ahora se encuentran en el grupo del “chance”.
[Ilustración: rostro angustiado, grabado.]
La angustia
La angustia es la sensación de inseguridad que siente el hombre ante los acontecimientos futuros que no puede preveer. La inquietud del hombre del siglo XX es de que “pase” algo. Verbos tan inocuos como: pasar, suceder, acontecer, ocurrir, y que incluso en otros tiempos llevaban un sello de optimismo y de éxito, se han tornado de obscuro y presagioso agüero. Cuando alguien dice: ¿Pasa algo?… ya se entiende que pregunta si acontece algo malo.
El hombre teme al futuro porque no está bajo su control, ni bajo su conocimiento, y no ve posibilidad de adquirir tal conocimiento: le falta información, la entropía ha crecido demasiado, está sujeto al “chance”, se siente inseguro y manejado por un duende que ha enajenado su destino.
En definitiva, la angustia es la consecuencia de la precaria densidad óntica del hombre moderno, al haber perdido el fundamento auténtico de su propia entidad vital. Sin tal fundamento, el hombre se siente (en frase feliz de Zubiri) “perforado por la oquedad del no ser”. Todo es devenir, no hay nada seguro, el futuro se cierne cuajado de obscuridad indescifrable, no atina a encontrar una tabla inconmovible en si mismo, y rechazó todo lo que trascendía de él.
Se comprende que este cuadro de la angustia, no presente para nadie ningún atractivo, sino al contrario. En todos habrá un instinto natural que nos mantendrá ávidos de información, para acaparar ésta. Queremos saber el futuro aunque sea inevitable. Por eso las “pitonisas” todavía tienen éxito, y nos leemos sin pestañear los artículos de la prensa que nos dicen si habrá o no guerra.
Nos encontramos entre la espada y la pared: la información escasea. No es suficiente para tranquilizarnos. Tampoco podemos huir: no leer los periódicos. No podemos hacer como el fumador que leyó en una revista un documentado artículo sobre los daños que causa el tabaco a la salud, y desde entonces decidió… no leer más revistas. La tesis de Leclercq es de huída. Lamentarse de que no podemos tener el ocio necesario para contemplar un paisaje, para andar despacio en un viaje, para dejar correr las horas plácidamente sin la acción de pensar, no soluciona nada porque es impracticable.
Sin duda el ocio es un medio eficaz para matar la angustia. Cuando el hombre se sitúa en circunstancias en las que nada tiene que ocurrir está claro que nada tiene que temer. La entropía baja, porque apenas existe. La información ya no es necesaria. Ocio es opuesto a negocio o viceversa, y en el mundo activo en el que nos toca vivir estamos siempre envueltos en algún negocio, con toda la amplitud que este vocablo ha cobrado, que se extiende hasta el trabajo intelectual y del espíritu.
Cuando el hombre no encuentra la verdadera seguridad busca aunque sea un paliativo, trata de engañarse a sí mismo repitiéndose la conocida frase: “nunca pasa nada, y si pasa no importa”. Son pequeñas dosis de morfina, pero que no curan nada. Simples analgésicos de la psicología.
Permanencia
El único camino sería encontrar la permanencia en algo. Cuando los hombres empiezan a estar seguros de algo, recobran la paz. Algo que jamás se hunda. Algo que no falle, que no pueda fallar, que tenga en sí la “infalibilidad”, la “permanencia”. Entonces ya no importa que otras cosas “pasen”, ya no es posible temer al futuro, sentir la angustia de la incertidumbre y el riesgo, porque quedará siempre un inconmovible que es el único valor que interesa. Entonces si se puede decir con razón: “nunca pasa nada y si pasa no importa”, o mejor: “nunca pasa nada, porque lo que pase no importa”.
Mas existe una aparente paradoja que hace falta descubrir para encontrar el camino de la vida serena: “pase lo que pase”. Y se descubre cuando se encuentra la raíz de la vida, la razón de ser del vivir humano. Y la paradoja está en que para vivir hay que desvivir. La vida es desvivirse. Ser para la vida es ser para la muerte, porque es ser para perder la vida. El hombre consigue su culminación en la plenitud vital, cuando se entrega, cuando se da por entero: “quien quisiere salvar su vida la perderá; mas quien perdiese su vida por amor a mí, la encontrará”.
Para perder la angustia hay que angustiarse, para ganar la vida hay que perderla, para vivir hay que desvivirse. Y desvivirse, angustiarse y darse es como la aventura y el riesgo constante del futuro y zambullirse en la corriente insegura y torrentosa del devenir vital, convencidos de que esto es lo bueno, porque todo es bueno, porque el mundo es una policromía de la Bondad que se quiebra en miles de reflejos al integrarse en lo creado.
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