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Vértice › N.º 1 · Mayo de 1962

En el dintel del arte · Vértice, pág. 14

Inferioridad humana en la noche artificial

(El título atraviesa a todo lo ancho la parte baja de las págs. 14 y 15. La sílaba central de “humana” queda en el pliegue; se lee “hu… na”.)

[Ilustración: proyector o cámara de cine estilizada.]

Hoy día nadie discute la profunda influencia que el cine ejerce sobre el espectador, influencia mucho más intensa que la ejercida por otras artes. El estudio de este fenómeno exige un examen de sus rasgos característicos. El cine goza de un modo de expresión extraordinario: es el arte en movimiento. Este medio de expresión es de una originalidad específica. De hecho su alcance y poderío es hinóptico [sic]. Las condiciones en las cuales se contempla una proyección son características: la obscuridad de la sala, la imagen brillando en la pantalla, el sonido, la “euforia” que se desprende, contribuyen de una manera directa a que el espectador se abandone en el “clima”, y de esta manera la magia del cine logra una transferencia o substitución de personalidades.

Vamos a analizar un poco más de cerca este fenómeno. En primer lugar, existe una disposición inicial; así, el espectador vive en el universo cinematográfico. El espectador común no distingue entre realidad fílmica y realidad cotidiana, y en él se verifica un proceso continuo, reversible, de estas dos realidades. Todos sabemos que la gran mayoría de las escenas que observamos son trucos; que en una escena de amor con noche de luna llena, la luna no es tal luna, sino un disco blanco o algo parecido; ni Tarzán se enfrenta con un león, sino con una transparencia; ni un naufragio es tal naufragio. Lo sabemos, pero… ¿qué es eso que hace que tomemos como real lo que sabemos ficticio? ¿Es nuestra previa disposición?

Antes de entrar el espectador en el salón ha dejado atrás su nombre y sus apellidos y avanza llevando en la mano un papelito rojo, azul o gris, por el que tiene derecho a un nuevo nombre: “el espectador de la butaca x”. De esta manera ya está en disposición de entrega total: está dispuesto a dejarse arrebatar por la sugestión de la imagen y del sonido.

El ritmo de proyección, la obscuridad reinante en la sala, la velocidad de la película —que es la suficiente para la saturación óptica humana— el silencio exigido, coaccionan las facultades intelectuales del espectador. Los estímulos audio visuales son tales que el cine es capaz de sacarnos de nosotros mismos. Por supuesto, la intensidad de la percepción recibida varía de acuerdo a la edad, el grado de cultura humana, específicamente, cinematográfica, y de la sensibilidad propia del espectador.

El cine mudo permitía, al menos, comentar con el vecino o reflexionar sobre lo que aparecía en la pantalla. Es claro, los letreros intercalados a lo largo de la proyección rompían su unidad. Por el contrario, con el cine actual se presenta la sucesión de imágenes de modo tan fugaz, que el espectador queda sin tiempo para la consideración. Además, si consideramos el factor sonoro, tenemos que la percepción del espectador es doble —vista y oído— dando el sonido un refuerzo absorbente a la imagen cinematográfica.

El arte establece sin duda una identidad entre el sujeto y el objeto. El caso del cine —arte en movimiento— presenta la misma característica, aunque tiende a una completa absorción del sujeto por el objeto. Veamos: “el espectador de la butaca x”, despojado de su personalidad verdadera va a adoptar la personalidad de aquel artista que mejor se compagina con su carácter o sus aspiraciones. En una palabra, se va a encarnar en el artista que representa lo que el hubiera querido ser y no es. Se verá a sí mismo —entonces— en el papel de un galán impetuoso o en el de un cazador intrépido o “sheriff” justo. Vivirá lo que su doble —el actor— vive por él en aquellos momentos.

Sabemos que el inconsciente es un mundo habitado de instintos y complejos que constituye los cimientos de su actividad. Este dinamismo se sugiere bajo imágenes totalmente cargadas de afectividad. Estas son sometidas al estricto control de nuestra actividad crítica —conciencia—, y una vez rechazadas pierden su dinamismo y se disuelven, no quedando por esto aniquiladas. El menor fallo de la “censura” permitiría reaparecer a estas imágenes aún de forma más viva que la inicial.

Cuando el cine presenta una serie de imágenes cargadas de afectividad, la función crítica, inhibida, se opone cada vez menos a éstas. De esta manera “el espectador de la butaca x” descubre dentro de sí un nuevo personaje equívoco: otro yo. La identificación no es un proceso cerrado en sí mismo. Es la iniciación de juego emotivo, porque la imagen es algo más que una representación: es una potencia emotiva. (Atracción o repulsión, admiración o desprecio).

Día a día el cine se convierte en una técnica poderosa. Aún con esta perspectiva, el cine como tal no es algo que hay que rechazar. “Puede que lo que importe no sea tanto lo que se ve, sino cómo se ve”. Hay que desarrollar y orientar el gran poder del cine moderno: El de enseñar y conducir a las masas. Orientándolo podremos permitirle ejercitar esta función libremente. Consideremos —en frases de Einstein— que “el cine puede decirlo todo, contarlo todo, exaltarlo todo… destruirlo todo”.

Rafael González A.


Nota de transcripción: “frases de Einstein” probablemente se refiere a Eisenstein, el cineasta; aquí se respeta lo impreso.

Transcripción fiel del original impreso. Puedes ver la página tal como salió en el PDF del número.