Vértice › N.º 1 · Mayo de 1962
Vértice, pág. 5
El control empresarial
El presente artículo es el primero de una serie que sobre el tema de la transformación de las estructuras de la empresa ha elaborado nuestro colaborador Jaime Daly Guevara y que irán apareciendo en sucesivos números de nuestra revista. Siendo el Dr. Daly un reconocido especialista en cooperativismo, profesor universitario, estamos seguros de que esta serie de artículos está llamada a capitalizar la atención de nuestros lectores.
Cada vez más se lee y se oye la siguiente afirmación: “El capitalismo liberal está decadente, está derrumbándose, ha sido superado”. En torno a este punto parece haber una gran identidad de pensamiento, incluso entre personas que profesan ideologías diametralmente opuestas y excluyentes entre sí, como lo son la marxista, la socialista y la cristiana.
Cabe analizar el porqué de esta afirmación para, aislado el mal, corregir y no sólo destruir; limitarse a destruir sólo trae el eminente peligro de caer en el caos.
El hecho real es que vivimos en una sociedad con una estructura jurídica fundamentada en torno a la idea capitalista liberal. Compramos nuestra comida, vamos al cine, arreglamos nuestros carros, nos surtimos de electricidad y cigarrillos en empresas eminentemente capitalistas liberales. Nos tropezamos en cada esquina con un “negocio” o una empresa capitalista liberal. Trabajamos y dependemos, en la mayoría de los casos, de empresas a las cuales tildamos de intrínsecamente caducas. Por esto la importancia práctica de la cuestión no puede ser mayor.
La afirmación más común es que el capitalismo liberal está destinado a desaparecer porque es injusto. Juzgando por las lacras sociales que vemos y palpamos a nuestro alrededor —causadas presumiblemente por el sistema que nos rodea— tendríamos que convenir en que no se requieren más pruebas. Pero con ello podríamos estar cayendo en un error apriorista; un buen número de las citadas lacras son efectos, más bien, de la actuación —o falta de actuación— de los hombres de empresa y políticos de nuestra sociedad en sus respectivos campos de acción, que de las formas o sistemas empresariales.
“En el fondo está el hombre”, afirmó un colega recientemente. Es evidente, pues, que podríamos llegar a cambiar los sistemas sin que por esto desaparezcan las lacras causadas por la actuación de los hombres mediocres sin criterio ni sentido de nobleza. No basta afirmar que la empresa capitalista liberal es injusta por lo que vemos a simple vista a nuestro alrededor. Hay que profundizar aún más y buscar las verdaderas raíces de este juicio.
“Justicia” es esa virtud que se inclina a dar a cada uno lo que le pertenece; al afirmar entonces que la empresa capitalista liberal es injusta, lo que estamos diciendo es que a través de su estructura no se le puede dar a cada quien lo que le pertenece. En la empresa hay que darle a todos sus componentes lo que les pertenece; y no todas las cosas que pertenecen a las personas son bienes materiales…
Quizá en una empresa capitalista en donde empresarios, administradores y accionistas sean hombres de un exquisito temple noble podrían ser todos remunerados con amplia justicia, y el público consumidor brindado con un artículo de primerísima calidad al más justo de los precios; pero, ¿habrá terminado con esto el reparto?, ¿tendrá cada uno lo que le pertenece?
Los socialistas, capitalistas al fin, dicen que el control de la empresa le pertenece al Estado, ya que éste es el único a quien debe pertenecer el capital de la misma.
Los comunistas-marxistas dicen que en la sociedad económica “ideal” el control de la empresa —que en dicha sociedad se reduce a una empresa— le pertenece al más capaz, a juicio siempre de la maquinaria del partido único.
Los capitalistas afirman que el control de la empresa le pertenece a quien posea el 51% de las acciones, es decir, el capital. Los neo-liberales, introduciendo una variante que no deja de tener importancia, afirman por su parte que pertenece a quien controla el capital.
Nosotros decimos que el control de la empresa pertenece a quien en justicia pertenezca. Esta última solución requiere, para completarla, para que no quede como un simple juego de palabras, un análisis de los valores que pueden o deben determinar el control de una empresa, así como también los medios formales que pueden llevar al resultado deseado.
Pero, primero, quiero razonar porqué es incorrecta la solución dada por los capitalistas liberales al problema del control de la empresa. Su error está en la base: la solución que presentan tiene como fundamento algo que no es cierto; a saber, que la materia en sí tiene derechos “subjetivos” que se acumulan en la cabeza del propietario jurídico de las cosas. Así, un hombre propietario de una acción tiene los derechos atribuibles a esa acción, y si adquiere otra, por cualquier causa lícita de traslación de la propiedad sus “derechos” —su poder de mando dentro de la empresa— aumentan el 100 %; y si adquiere el 51 % de las acciones, sus poderes adquieren proporciones casi absolutas.
Objeciones de dos naturalezas distintas se pueden oponer a esta concepción de la transmisión del poder en la empresa: una práctica, la otra jurídica.
Veamos la primera. Es ilógico, y a la larga perjudicial para la empresa y para la sociedad, que la transmisión del poder de mando —la dirección de los trabajadores y del objeto económico común— pase a manos de quien ningún mérito personal tiene que ofrecer. Sin duda, el hijo del dueño principal tiene grandes posibilidades de ser un muchacho bien educado y conocedor de las cosas; sin embargo, lo mismo se puede decir del hijo del Rey, y la historia nos cuenta de muchos reyes buenos que tuvieron hijos de actuación catastrófica en el gobierno. ¿Y qué decir de la situación que se presenta cuando la heredera es la viuda? Tanto la viuda como el hijo pueden escoger a quien —o quienes— le administre la empresa, pero, ¿por qué dar a ciegos el derecho de escoger? Sólo componendas administrativas y “juegos de vivos” han logrado en la práctica aminorar los inconvenientes de este sistema hereditario.
Veamos ahora la segunda: la objeción jurídica al sistema de transmisión de mando del sistema capitalista liberal.
En un principio el hombre individual dueño de un bien, tiene sobre éste el derecho de disposición y administración absoluta. Con el tiempo, este derecho absoluto adquirió características de relativo al limitar la ley, en cierta medida, el antiguo derecho absoluto. Pero aún sometido a las limitaciones de la ley, el individuo conserva, y con razón, su derecho exclusivo de disposición y administración. Este derecho, que reconocemos como natural y legítimo, está, sin embargo, en la cabeza del propietario y no en la cosa misma. La materia, en sí, no tiene derechos. Y si dos hombres se unen en sociedad con un objeto común, no por esto se altera la esencia de las cosas; es decir, la administración social en la que han convenido tiene su origen en el pacto social, que es infinito en sus variedades y no —en elemento alguno— inherente a la materia que han cedido al patrimonio social. En la práctica, en este tipo de sociedades sencillas, la administración y la empresa misma tiene características de familia y los pocos empleados que ocupan son como otros tantos miembros de la familia o del servicio doméstico. Es, pues, un sistema por naturaleza patriarcal que, por motivos prácticos, se ha relacionado arbitrariamente, en cuanto al poder de mando de cada quien dentro de la empresa, a la mayor o menor cantidad de bienes aportados. Es una empresa eminentemente precaria, y la arbitrariedad de asignarle a la materia características imaginarias ha sido de gran utilidad práctica en la reorganización de la empresa a la muerte de uno de sus componentes. Las ventajas de este sistema de base ficticia, se palpan mejor cuando se observan que en la empresa pequeña las determinaciones administrativas suelen reflejar el cúmulo de conocimientos del grupo, ya que al menos se oye la voz de todo aquel que quiera emitir opinión.
Pero las cosas cambian radicalmente cuando la empresa se agranda hasta perder sus características familiares, adquiriendo cada vez más proporciones gigantescas. Se produce así, de hecho, un distanciamiento humano, a veces, infranqueable, entre obreros, empresarios y capitalistas. A la larga se producen tres mundos distintos y apartes los unos de los otros: el laboral, el gerencial (la nueva clase) y el capitalista. Los conflictos de intereses que bajo el régimen patriarcal de la empresa pequeña son suavizados por la familiaridad del ambiente en la empresa grande se agudizan, motivando un gran malestar social.
Lo justo es que todas las personas dentro de la empresa moderna, y sólo las personas ocupadas activamente en la empresa, tengan el poder de mando dentro de sí mismas, resolviéndose casuísticamente las excepciones que toda regla suele tener en este campo de las relaciones del hombre con el hombre en función de las cosas.
El problema que ahora se presenta es el de determinar un factor distributivo que responda dentro de la justicia, a las necesidades prácticas dentro de la empresa. Tal solución ha sido presentada por el cooperativismo de producción y está en uso en centenares de fábricas del mundo libre.
Las prácticas del cooperativismo de producción se han venido destilando en el crisol de la experiencia durante los últimos 140 años. La experiencia es, se puede decir, la fuente única de lo que se ha venido llamando doctrina cooperativa.
En la búsqueda de la verdad en el campo de las relaciones del hombre con el hombre en función de las cosas, se presentan problemas prácticos formidables que los empresarios cooperativistas, en dialéctica constante con los demás componentes de la empresa, han venido solucionando uno a uno, siempre construyendo, cada vez más alto, sobre la roca firme de la experiencia pasada, teniendo como norte a la justicia en lo que tiene valor económico, y el espíritu de servicio como móvil fundamental de la empresa privada.
[Ilustración: caricatura de una junta directiva alrededor de una mesa, con un hombre de pie en el centro.]
Transcripción fiel del original impreso. Puedes ver la página tal como salió en el PDF del número.