Vértice › N.º 1 · Mayo de 1962
Vértice, pág. 7
La antieconomía marxista
Si todos los hombres fuéramos bres [sic] y ricos es el nudo gordiano que plantea toda consideración de los problemas económicos, y es lo que ha hecho posible la investigación económica. Si todos los hombres fuéramos igualmente ricos, o igualmente pobres; si no existieran siquiera estos calificativos y pudiera darse la perfecta igualdad en la posesión y manejo de los bienes y servicios, desaparecería de inmediato la necesidad de la ciencia económica.
La economía comunista propugna el igualitarismo material, aunque en la práctica se resuelva en forma muy criticable. Podemos decir que la teoría económica comunista se enfoca hacia la antieconomía. Es una economía para destruir la economía.
El arte de la ciencia económica está en mantener el equilibrio, conseguir la adecuada armonía entre las fuerzas fluctuantes de la oferta y la demanda dentro de los límites de estabilidad en que el mecanismo de los precios la hace posible. Es por tanto una antieconomía destruir los elementos capaces de armonizar, para evitarse el problema de la posible pérdida del equilibrio.
El malabarista que muestra su arte haciendo equilibrio con una bandeja, una copa y una botella deja al público en completo desencanto cuando por un descuido exhibe que la botella y la copa están pegadas a la bandeja.
Es una frustración del espíritu económico del hombre pretender eliminar la economía para evitarse sus problemas: resolver la dificultad de los monopolios haciendo un sólo monopolio; atacar el conflicto entre patronos y obreros formando un solo patrón contra el que no es posible exigir nada; eliminar la distinción entre el proletario y el propietario asegurando a todos la condición de proletarios destruyendo toda posibilidad de ser propietario.
Y como hacer todo esto no es posible manteniendo la libertad de opinar y de contratar, es necesario, por principio, abolir todo germen de libertad. La libertad es un don inmanente de la persona humana, algo que pertenece de modo tan inalienable al ser del hombre que se hace imposible extirparlo sin producir una violenta mutilación de su misma esencia. De ahí que la doctrina de la antieconomía acaba por ser una filosofía materialista que convierte al hombre en una cosa integrada en la materia toda del universo. Porque si se puede concebir al hombre sin libertad lo identificamos a una cosa. Ha perdido el alguien para ser un simple algo, ausente de fuerzas intrínsecas capaces de darle unívoca y propia determinación.
La ciencia económica tiene que enclavar, por tanto, su inicio en un estado desigual de distribución y posesión de los bienes y servicios. La ley inexorable de la existencia de pobres y ricos radica en la natural existencia de la distinción, diferenciación y separación por propia pertenencia entre las personas. Frente al principio que basa los derechos humanos: “todos los hombres somos iguales”, cabe el contrario igualmente cierto —cada uno en su sentido adecuado—: “todos los hombres somos (gracias a Dios dicen algunos) distintos”.
El denominador común del ser humano es la dignidad de la persona capaz de auto-determinarse. El numerador que distingue a los hombres es que la personalidad es “propia” y peculiar de cada uno.
El verdadero y auténtico objetivo de la ciencia económica está por consiguiente: no tanto en conseguir la igualación entre pobres y ricos, sino en levantar el nivel, de modo que la propiedad e ingreso de los pobres asegure el rango de vida al que es digna acreedora la persona humana, con todo el despliegue de su potencial de libertad que será el clima favorable para la completa eclosión de la riqueza indudable de su ser.
Cuando las leyes automáticas de la economía bordean los límites donde se hace difícil el equilibrio y se fraguan privilegios anormales para un determinado grupo social, la organización moderna de la comunidad, que está encargada de llevar la política económica, mueve los resortes reguladores para favorecer nuevamente el equilibrio natural.
El comunismo no ha creído en la posibilidad de tal regulación y ha querido sustituir la estructura natural por un artefacto que comienza por tenerse que asentar sobre un montón de cadáveres de valores asesinados. Si no existe propiedad privada, si los bienes de producción y de consumo no son de nadie y nadie puede comprarlos ni venderlos, ofrecerlos, desearlos, consumirlos, que es, en definitiva, la esencia de su finalidad, desaparece la razón de ser de toda economía.
El artefacto económico, la anti-economía tienen que suplir la deficiencia. El estado dictador toma sus decisiones que siempre tendrán un factor de arbitrariedad ante la imposibilidad de alcanzar toda la información. El monstruo material crece y el cerebro pierde la noción de hasta dónde llega. Día a día el control se escapa más de las manos y las decisiones son más arbitrarias, hasta el punto de no advertir que el monstruo se está mordiendo la cola, y comenzando su propia destrucción inexorable.
[Ilustración: dos manos que se estrechan sobre una bandeja con fábricas y ciudad.]
Nota de transcripción: la primera línea dice en el original “Si todos los hombres fuéramos / bres y ricos”; parece faltar la palabra “po-“ (pobres) por error de imprenta.
Transcripción fiel del original impreso. Puedes ver la página tal como salió en el PDF del número.